El barrio de las mujeres solas

30 \30\UTC mayo, 2010

EL BARRIO DE LAS MUJERES SOLAS

[EN EL PAISAJE MÁS SOLITARIO DE LA ARGENTINA]

Me contaron que existe un barrio de mujeres solas y, ahora que empecé a buscarlo, veo que la mujer más sola soy yo.

La historia empezó en marzo del 2007, cuando el fotógrafo Ariel Pacheco me escribió desde Catamarca, una provincia en el norte argentino, para contarme que sabía de alguien que, una vez, escuchó una historia que quizá fuera un mito: había, en algún rincón de Catamarca, un barrio sin hombres. El lugar, si es que existía, estaba en el pueblo de Antofagasta de la Sierra. En Internet decía que en esa zona había vicuñas, petroglifos y volcanes, que Antofagasta significaba «casa del sol» y que llegar hasta el sol era –como es lógico– complejo: había que viajar a San Fernando del Valle, la capital de Catamarca, y luego hacer doce horas de trayecto en camioneta.

Nada decía el Google de lo otro y, sin embargo, insistí. Puse en Internet «Antofagasta», «mujeres solas», «matriarcado», «lesbianismo», «barrio», «voy a tener suerte», y no salió una sola línea.

Tal vez el lugar fuera un fiasco, pero decidí viajar.

Un mundo sin hombres era, como mínimo, una promesa para tener en cuenta cuando llegaran las vacaciones.

* * *

La puna de Catamarca es el páramo más deshabitado del planeta –tiene 0,03 habitantes por kilómetro cuadrado–, y Antofagasta queda ahí adentro. El lugar está ubicado muy alto (a tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar) y muy lejos: una distancia que no se mide tanto en kilómetros sino, principalmente, en tiempo. El viaje desde la capital, San Fernando, es trabajoso y lerdo, y puede hacerse de dos formas. Los antofagasteños usan El Antofagasteño, un autobús que cubre el trayecto en veintidós horas y que ofrece ese tipo de servicios que un turista americano tildaría de «folclóricos»: los neumáticos se pinchan, las gallinas picotean los asientos, y algunos pasajeros honran las curvas del camino con un desparramo de vómito. La otra alternativa es ir en camioneta: en ese caso son doce horas de polvo, traqueteo y piedras; y la sensación intransferible de no estar avanzando sobre ruedas, sino a patadas en el trasero.

–¿Va a Antofagasta? –pregunta una mujer luego de seis horas de viaje.

Ahora estoy de pie, en Barranca Larga: un pueblo de diez casas, una hostería y un cielo tremendo, y un lugar de descanso obligado cuando se va a Antofagasta de la Sierra. A esta altura del trayecto, los teléfonos móviles no tienen alcance y es por eso que lo mejor de Barranca Larga es el teléfono de línea, que funciona cuando quiere.

Ahora, por ejemplo, no quiere.

Dos lugareñas serenas, gastadas, sentadas, esperan que la señal se arregle.

–¿Va a Antofagasta? –pregunta entonces una de ellas, y luego tiene un acceso de entusiasmo–. Yo escuché algo de ese pueblo. Disque ahí adentro hay un barrio sin hombres. Disque si una mujer se casa se tiene que ir del barrio y que los hombres las cortejan para asegurarse un techo y ellas los sacan a escobazos.

La mujer habla con la voz rítmica y baja, como si en realidad rezara, y la escena recuerda a esos momentos de sórdida tranquilidad que se imagina el cineasta Arturo Ripstein cuando tiene ganas de imaginar cosas feas (es decir, casi siempre). A su lado, la otra señora escucha y dice que sí con la cabeza.

–Ya le digo yo –interrumpe–: más vale que usté pueda hablar ahorita, porque allá… Con tanta mujer dando vuelta, como mínimo hay que hacer hora y media de cola para usar el teléfono.

 

* * *

 

Llegamos a Antofagasta al día siguiente y luego de atravesar, durante seis horas más, todas las posibilidades de polvo. Se cree que el lugar fue fundado en 1816, cuando empezaron a llegar mineros de Bolivia y Chile en busca de oro, plata y otros minerales, y finalmente se quedaron en Antofagasta quién sabe por qué: quizá les diera flojera hacer el camino inverso.

Aníbal Vázquez, un guía de montaña, dirá horas más tarde que la migración también se dio por comodidad geográfica: esa zona de la puna era vista como un buen lugar para vivir, una comparación que hace pensar que el resto de la puna debe ser escandalosamente hostil.

El silencio, en Antofagasta –y ésta es la primera verdad–, muerde.

Y eso por no hablar del sol, del frío, del aire que lo raja todo. El clima en Antofagasta incluso afecta las particiones del tiempo: a diferencia del calendario escolar de casi toda la Argentina, acá las clases se hacen de septiembre a mayo, porque fuera de esos meses la naturaleza se ensaña de tal forma que no hay nada que se pueda hacer con la propia vida, salvo resistir.

Ahora estamos en abril. Un puñado de niños llamativamente enanos camina por la calle sin abrir la boca. Es mediodía, algo así como la hora pico, y el paisaje es apenas un silencio hondo y un puñado de cabellos negros espejando el sol. Eso es lo único que tiene vida propia, aquí: los colores. La forma en que los colores (el cielo, los árboles, los pelos) se comunican entre sí.

 

* * *

 

Nos aloja en su casa una de las pocas personas con ganas de hablar. Se llama Pascuala Vázquez y es una mujer ocre y compacta que ahora enciende una cocina a leña y dice, en el medio de este lugar seco de todo, lo único que vine a escuchar: que en Antofagasta, efectivamente, hay un barrio habitado sólo por madres solteras. Se llama San Juan y fue creado para alojar mujeres con cría y sin marido: una ley que, tal como están las cosas en Antofagasta, no deja afuera a demasiadas chicas.

–Acá, en Antofagasta, los tipos se emborrachan, agarran a las mujeres, y ya está –explica Pascuala Vázquez mientras revuelve una olla que parece un tanque–. Después, si ellas quieren que los hombres se hagan cargo del hijo, tienen que ir a golpearle la puerta al juez.

Pascuala Vázquez quita la olla del fuego y la apoya sobre la mesa.

–Esto es guiso de llama –dice.

Luego sigue hablando de mujeres, niños y jueces, pero ya no hay mucho más que oír. Nunca comí llama. Pacheco tomó una foto de una llama en el camino y el bicho era de veras lindo. Empiezo a comer el guiso con una masticación extraña: como si me estuviera tragando a Bambi. La voz de Pascuala sigue: dice que ella no vive en el barrio San Juan (su casa está a tres cuadras de allí) pero que igual crió sola a sus hijos. Y cuenta que los hombres, en Antofagasta, son un ente que bebe y engendra, y después desaparece.

–Muchas de esas chicas llegaron al San Juan de adolescentes. Porque usté sabe que es un tema de cultura: acá no hay conciencia. Ahora recién tenemos una obstreta, pero antes sólo teníamos las enfermeras que hacían de madres, parteras, dentistas, consejeras. Acá, si la chica quedaba embarazada, los padres la corrían de la casa y la chica no tenía dónde parar. Por eso se hizo el barrio. Porque esto no es como las grandes ciudades como San Fernando. El gran problema es que la gente de acá nunca ha tenido roce social.

Pascuala Vázquez dice, a su modo, que Antofagasta de la Sierra siempre estuvo en el fondo del norte de un país tercermundista, es decir, demasiado lejos de todo. Hasta hace diez años la gente no conocía el dinero. Todas las semanas salían caravanas de treinta burros peñón abajo, hacia los valles de Salta, Tinogasta o Fiambalá, cargados con sal y cueros que eran canjeados por fardos de azúcar. En ese entonces tampoco había teléfono –llegó recién a fines de la década del noventa, y hoy hay uno en toda la región–; el único autobús iba a la sierra cada quince días (por no hablar de cuando se rompía y pasaban meses incomunicados); y hasta el actual intendente de Antofagasta, la primera vez que hizo el viaje, tuvo que pedir un mapa para saber dónde diablos quedaba este lugar.

–Cuando vine, en el noventa y cuatro, tuve que preguntar en Catamarca cómo hacía para llegar –explica Evaristo Alejandro Acevedo, el intendente de Antofagasta, en la entrada de la Municipalidad: una construcción apenas mayor que una casa de cuatro ambientes–. Éste es un lugar que, si a usté le cuentan, no lo cree.

La ubicación geográfica, la burocracia y la existencia de un barrio de mujeres solas hicieron de Antofagasta un lugar casi irreal. A la ambulancia del hospital, por ejemplo, el Estado le da trescientos litros de combustible por mes; pero como en el pueblo no hay estación de servicio hay que retirar esa gasolina en la ciudad de Belén, a doscientos kilómetros, y entre la ida y la vuelta la ambulancia se gasta casi todo el combustible. Lo mismo ocurre con la Policía: le dan doscientos litros de gasolina, pero, después de hacer el viaje a Belén, ya no les queda ni para perseguir a una llama.

En ese contexto, dice Acevedo, que exista un barrio sin hombres no asombra a nadie: en Antofagasta nunca sucedieron cosas normales.

–Pero dígame un momento: ¿Ustedes vinieron por el barrio de mujeres o por el tema de interné?

Acevedo se detiene y mira fijo.

Entonces cuenta que el departamento de Antofagasta, donde internet está a la misma altura conceptual que el lado oscuro de la Luna, está siendo subastado en la web. La denuncia fue hecha por Acevedo y es bastante menos absurda de lo que parece: una gran extensión de tierras habría sido comprada por una sociedad anónima japonesa que, días atrás, llegó al pueblo con la intención de alambrar una quebrada llamada Calalaste, un lugar que encierra vida silvestre supuestamente protegida por ley provincial, y que funciona como paso obligado de los pobladores hacia otras localidades.

Si los japoneses compraran Calataste, los antofagasteños pasarían a tener un estatus casi alienígena: quedarían definitivamente fuera del mundo.

Acevedo dice que la operación inmobiliaria no tiene validez jurídica, porque son tierras fiscales. Y quiere la suspensión de los trabajos.

–Los empresarios mandaron un delegado argentino a hablar conmigo, y el hombre me decía que los japoneses apostaban al crecimiento del país y que este proyecto era una bendición para el pueblo, pero… ¿Ustedes vinieron por eso, no?

–En realidad, no.

Algo en Acevedo parece no entender. Queda suspendido en la charla, y después vuelve con una media sonrisa. Es, al fin y al cabo, un hombre amable y al servicio de la comunidad. Cuenta entonces que el barrio de mujeres solas se creó en la gestión anterior, por motivos que se alejan bastante de las teorías sociales y la conciencia feminista.

El San Juan nació como respuesta a un problema difícil y común. En las zonas extremadamente rurales del norte argentino –como Antofagasta de la Sierra– siempre fue usual que las mujeres se embarazaran de hombres a los que habían visto muy pocas veces en su vida. Para ellos, las mujeres eran un cuerpo lleno de orificios y silencio. Y eso significaba que, si quedaban embarazadas, las chicas no hacían reclamos: tenían a sus niños solas, los criaban solas, y se pasaban la vida sin tener la mínima noción de lo que era una «familia» y –menos aún– de lo que eran los deberes legales de un padre para con sus hijos.

El derecho de familia, en Antofagasta, era algo tan inexplicable como internet.

El barrio de mujeres solas, entonces, no nació bajo el impulso de ninguna lesbiana militante: surgió como un intento del Estado por dar una vivienda –un mínimo amparo– a un puñado de madres que no tenían un techo bajo el que caerse muertas.

Todo empezó cuando Luis Eduardo Rodríguez –el intendente de ese momento– decidió hacer un canje: él les daba casa a cuatro madres solteras, y a cambio esas cuatro mujeres lo votaban para senador por Antofagasta. El presupuesto por cada vivienda era de dos mil cuatrocientos dólares destinados a materiales, y las beneficiarias tenían que poner la mano de obra. Pero nada fue tan fácil. El proyecto, una vez aprobado, tomó tiempo en concretarse: se cortaron y secaron los adobes, se dejó pasar la fiereza del invierno, se picó la piedra y se le dio forma. Después vino la devaluación del peso (que redujo el presupuesto total a una tercera parte), y, para cuando las casas empezaban a levantarse, ya no había cuatro madres sino sesenta y cuatro: un aluvión de mujeres sin marido que reclamaban un techo y un barrio, y que a cambio de ese techo eran capaces de votar por Rodríguez. Sesenta y cuatro mujeres son el dieciséis por ciento del padrón electoral de Antofagasta. Rodríguez les dijo que sí a todas, usó los tres mil doscientos dólares para hacer sesenta y cuatro casas en vez de cuatro, y de esa forma nació el barrio San Juan.

No existe, en el San Juan, un reglamento. Pero es sabido que cualquier mujer que entre en concubinato con un hombre debe abandonar el barrio: la idea es que ceda su vivienda a otra madre soltera que no tenga el respaldo económico de un varón. Sin embargo, son muy pocas las mujeres que se abren a la posibilidad de enamorarse y de salir del San Juan para formar una familia. Desde el 2005, cuando un fiscal las instruyó por primera vez en materia legal, muchas chicas transformaron su destino (muchos hijos, ningún padre) en una extraña y absurda forma de supervivencia: con la cuota alimentaria que empiezan a exigirles a algunos hombres, más la ayuda de los planes asistenciales del Estado, les entra dinero todos los meses. A cambio, no tienen que trabajar fuera de casa, ni lavar los calcetines sucios de un marido.

Por lo tanto, si bien no hay un censo, se estima que hoy viven en el San Juan cerca de ochenta madres, una infinidad de niños, unos pocos perros, y ningún varón.

 

* * *

 

En el barrio de mujeres solas no hay flores frescas, no hay cortinas bordadas, no hay olor a detergente, ni dentaduras completas, ni maquillaje, ni calzones de encaje colgando de las sogas de lavar. San Juan es, de algún modo, la versión menos publicitaria, más descarnada y más seria de lo que puede llegar a ser el destino femenino. El barrio –a diez minutos de caminata hacia el norte, desde el centro de Antofagasta– es un hueco de polvo entre los cerros; un lugar de tal precariedad que, si algún día imposible llegara hasta aquí el mar, se lo llevaría todo de un baldazo.

En la calle principal –una estría ocre en el medio de las casas también ocres– hay algunos postes de luz eléctrica. Pero por afuera de esos postes –los únicos rastros de amparo estatal– no hay nada.

Y en el medio de esa nada, Celina Ramos, cincuenta años, dos hijos, dos nietos, un diente, un pañuelo en la cabeza, habla de política.

–Antes de la política es que ellos hacían promesas, madre. Pero después de la política ya no hacen más nada. El senador Rodríguez disque iba a darnos la casa, pero me dio solamente las paredes y el techo, madre. Yo le hice poner la luz, yo compré la cocina, yo puse las puertas, las ventanas, el piso. Todo sola, madre, porque siempre fui sola.

La casita de Celina Ramos tiene dos dormitorios y un baño que no se parecen, en ningún caso, a dos dormitorios y un baño: el lugar es un receptáculo ciego, un vacío espectral al que Celina llegó hace un año junto a dos hijas, la Olga y la Eudosia, que ya le dieron dos nietos.

Eudoxia, en griego, significa «buena reputación». Me acuerdo de esa estupidez (y del frío de locos) mientras Celina Ramos cuenta su historia en oraciones cortas. Dice que vio al padre de sus hijos sólo una vez en su vida y que esa vez fue suficiente. Luego hace una mueca de asco –nunca mostró una cara demasiado amable– y lleva la mirada hacia la puerta principal. Por la calle avanza una mujer de pelo corto y crespo; lleva un bebé en brazos y la siguen tres niños. Se llama Lucía Vázquez, tiene veintitrés años, y –al igual que Celina– está montándose al hombro la casa entera. Hasta el momento, Lucía Vázquez lleva cargados dos mil bloques de adobe que le servirán para completar su rancho en San Juan. Vive con un plan del Estado (cincuenta dólares por mes) y a tres de sus cuatro hijos los mantienen sus padres (quienes, por supuesto, no viven en este barrio).

–Me los reconocieron a todos salvo a éste, que es natural –explica Lucía, y apoya la mano sobre la cabeza del niño. Se la ve orgullosa. El niño calla porque no entiende nada, o porque entiende todo.

 

* * *

 

La proliferación de hijos naturales en Antofagasta hizo que en el 2004 llegara un fiscal a San Juan con el fin de instruir a las madres solteras en materia legal. El fiscal les explicó que, si sabían quién era el padre, podían demandarlo por alimentos. Pero esta intervención lo enfrentó –a él y al intendente– con Emilia Mamaní, quien casualmente era una de las cuatro madres impulsoras de la creación del barrio de mujeres solas.

Mamaní tiene treinta y un años, cuatro hijos, un concubino y una casa que ya no queda en el San Juan. Ahora está parada en la puerta de la Iglesia del pueblo –una construcción blanca, limpia, pequeña– organizando los preparativos para la procesión del día siguiente: los diecinueve de cada mes se celebra a San Expedito, el Patrono de las Causas Urgentes, algo así como el santo de la velocidad.

–Me molestó la intervención del fiscal, porque por más leyes que haiga… que yo tengo mi hijo, que lo pongo en el juez, que el padre me pasa el dinero, eso no soluciona el problema –explica Mamaní–. Muchas mujeres se llenan de chicos para ir a cobrar la cuota. Porque podés tener un hijo por error, máximo dos, pero no seis, como la Carina. ¿Usté vio a la Carina?

Más tarde conoceré a Carina, que vive en San Juan. La veré sentada en el callejón principal, con las piernas abiertas, fregando al ritmo de una cumbia suave y reclinando el torso sobre un fuentón repleto de zapatillas y agua turbia. Su cara será ancha y reflejará el sol, y sabré, al verla, que alguna vez Carina fue una mujer hermosa. Ahora tiene veinticinco años y seis niños: Freddy, Marianela, Agustín, Karen, Vanesa y Marilyn, una bebé de pupilas negras y vacías. Los seis fueron engendrados por cinco individuos distintos. El primero nació a los quince, y desde entonces llega uno cada dos años. Ella los mantiene con un plan asistencial y con el dinero (fluctuante) que le pasan algunos de los padres. Carina dirá, cuando la conozca, que no necesita un hombre a su lado. Y quizás tenga razón.

–¿Entonces cuál es la solución para las chicas como Carina? –dice Emilia Mamaní–. ¡Que haiga concientización! ¡Cuántas veces le dije yo a la Carina que haga un curso de cerámica, que dedique su tiempo en algo útil. ¡Ocupemos nuestro tiempo en otra cosa que no sea tener hijos! Porque si no… Yo soy una mamá que se curó: tengo apenas cuatro niños. Pero muchas otras mamás están en los bailes, viven sentadas todo el día en frente de Gendarmería o en la esquina de la plaza para ver si alguien les hace un chico.

Los problemas son las jodas, dice Mamaní, las criaturas borrachas a los ocho años. La madre que se va al baile y deja al niño en casa, solo, y entonces el niño despierta y sale a buscarla y en la madrugada todo está tan frío, tan feroz, que algunos niños directamente se congelan o se encuentran con un perro de dientes furiosos. El problema también es la mugre, la invasión de moscas que llenó el barrio San Juan hace un año: una nube de bichos zumbando las casas sucias, la leche rancia, los pañales con mierda.

Pero el mayor problema de todos es que se puede estar mejor, y nadie lo sabe.

–Acá en Antofagasta no hay pobres –dice Emilia Mamaní–. Acá tenemos adobe para hacer castillos. ¡Castillos! Porque dios nos dio todo a nosotros. Entonces lo que falta es ganas. Yo a mi hija le digo: Vanesa, vos estudiaste primaria, secundaria y ahora estás haciendo la terciaria y nunca vas a decir que te pusiste una zapatilla que estuvo un poquito rota para ir a la escuela. Pero yo sufrí, Vane, para darte lo que vos tenés. Entonces vos no sufrás: estudiá, tomá anticoncetivos, no te metás a tener hijos y sé algo más algún día, para que yo me pueda apoyar cuando ya no tenga, digamos, más nada.

Mamaní llora: un llanto rabioso y discreto. Alrededor hay silencio y un atardecer que cuelga como una inmensa ojera en tonos violeta. Los volcanes y los cerros van cambiando de color, y pronto el cielo empezará a comerlo todo. De noche, Antofagasta se congela. La amplitud térmica es tan grande (veinte grados de diferencia entre la noche y el día) que ése es uno de los principales motivos por los que la mayor hostería de la zona (ubicada en El Peñón, a pocos kilómetros del pueblo) nunca termina de inaugurarse: de noche, con la helada, los vidrios estallan. Por lo tanto en la región, hasta el momento, hay un solo lugar oficial donde dormir: es la Hostería Municipal, una construcción que no califica ni para hotel de media estrella, pero que se promociona –según sus propios dueños– como un lugar donde se puede cenar «a la carta». Vamos con Pacheco a las nueve de la noche, y pedimos la carta.

Alguien nos mira como si en ese pedido existiese la posibilidad de un chiste.

Las alternativas para cenar son dos: milanesa de llama o empanada de llama. Afuera del plato, es sabido que los bichos no tienen mejor suerte. Hay rumores de que el sexo con llamas es relativamente usual, un dato casi antropofágico que no logra, sin embargo, quitarnos el hambre.

 

* * *

 

A la mañana siguiente me levanto con frío y fuerzas: hoy, decido, voy a hablar por teléfono. En la calle los niños van a la escuela, las cabras van a los cerros, las palabras no tienen dónde ir.

En la puerta de la Municipalidad de Antofagasta hay diez personas esperando su turno: eso es el 2,5 por ciento del padrón electoral y es, en términos más inmediatos, poco más de una hora de espera. Al lado del teléfono en uso hay otro libre. Tengo una idea.

–¿Y si usamos también el otro, como para acelerar?

Si es cierto que las palabras se construyen con el uso (y se destruyen con el desuso) puedo decir que en Antofagasta de la Sierra la palabra «acelerar» no existe.

–Ése sólo está para recibir llamados, madre –responde alguien.

El segundo teléfono no suena, probablemente no suene nunca. Pasan veinte minutos, mi turno no llega, salgo a la calle y decido ir caminando hasta el barrio San Juan. No es mucho: quinientos metros en dirección norte que incluyen un bordeo al cementerio (rojo, azul, amarillo), otro paso por la iglesia (blanca, blanca, blanca), y un paisaje desmesurado y mudo: puñados de cabras mordisqueando los cerros, y la certeza ulcerante de que acá las horas empiezan a morirse, o quién sabe qué pasa: algo muere en serio.

En el camino se cruza el intendente Acevedo. Su tema, una vez más, son los japoneses. Dice que logró frenar las obras de alambrado y –si los diarios llegaran a Antofagasta– sería fácil comprobar de qué está hablando: en enero del 2007, el diario Clarín denunció el intento de venta de más de sesenta y tres mil kilómetros cuadrados de tierras fiscales en la Puna de Atacama, una región que incluye a Antofagasta de la Sierra. Desde el Estado negaron que esas tierras estuvieran en venta. Pero Acevedo vio que estaban alambrando, y mandó una nota a un fiscal que, esta misma mañana, frenó las obras.

–El santo nos ayudó –dice Acevedo.

Y lo dice en serio.

Hoy es San Expedito, el santo de la velocidad. En la puerta de la iglesia, Emilia Mamaní se prepara junto a veinte personas para caminar dieciocho kilómetros por un desierto rocoso. Pienso en acompañarla (en auto) y voy a la despensa a comprar agua mineral.

–¿Tiene agua?

Del otro lado del mostrador, alguien toma una botella de Sprite vacía, la llena con agua del grifo, y me la da.

 

* * *

 

El matriarcado es un sistema conceptualmente más sencillo de lo que se cree. Por un lado, consiste en la matrilinealidad, un orden familiar según el cual un hijo es identificado genealógicamente en función de su madre. En la tradición judía, por ejemplo, las personas son consideradas judías sólo si nacen de madre judía, es decir que la descendencia es pasada de madre a hijo. También está la matrilocalidad: luego del casamiento, el varón se muda con la familia de la mujer y queda socialmente aislado de su grupo familiar original. Y por último –aunque principalmente– está el bolsillo: la mujer, en los matriarcados, es la que genera, recibe y reparte los bienes.

Por todos estos motivos es que el barrio San Juan no es, exactamente –y como se rumorea en Catamarca– un sistema matriarcal. Los hijos llevan los apellidos de sus padres (salvo que el padre no los reconozca), y los bienes no son generados por las mujeres, sino por el Estado y sus planes asistenciales, y por los hombres y su cuota alimentaria. Así y todo, las mujeres de San Juan tienen un único punto en común con el sistema matriarcal: ignoran a los varones por completo.

–Los tipos cansan –dice Noemí Vázquez mientras friega ropa en un fuentón: los días pares friega la de sus niños, los impares la de los niños de su abuela–. Los tipos son caprichosos. Ellos capaz que no entienden los trabajos de la mujer, piensan que uno está de gana en la casa. La última vez que un hombre me dijo floja le contesté: «Ya no te aguanto más, retiráte».

Noemí Vázquez tiene veintitrés años y habla en susurros. Por la puerta de su casa se ve parte del barrio San Juan, que es como verlo todo: hay una montaña seca, un aire opaco, sol. De fondo se oye la radio municipal. Sobre ese ruido granulado está la boca de Noemí –grande, carnosa, triste– abriéndose y cerrándose, y tratando de hablar con una suavidad que sin embargo tiene mucho que ver con la furia.

Su madre –la de Noemí Vázquez– la tuvo soltera. Pero la mujer no aguantó afrontar la crianza en soledad y abandonó a su hija para armar una vida al lado de un hombre que la quería sin cargas. Noemí creció junto a su abuela y repitió la historia de su madre sólo a medias: crió a sus niños sin ayuda, pero jamás los cambiaría por ninguna otra promesa de felicidad.

–No conozco a mi papá y jamás me han hablado de él –susurra, friega, frota, escurre–. Sólo me han comentado que es una persona que no vive aquí. Y las veces que tuve la posibilidad de hablar o exigir a la señora esta que me abandonó, y que en realidad sería mi madre, que me haga conocer a mi padre, nunca fui capaz de decir: «Bueno, díganme cómo ha sido». Yo nunca le he tenido un corazón a mi madre por lo que me ha hecho. Ella se casó y se fue. Pero yo jamás abandonaría un hijo. A veces hace falta un hombre de verdad, sí. Pero todavía no sé muy bien para qué.

Noemí Vázquez exprime un trapo con fatiga. Sus manos quedan cubiertas por una suave estela de burbujas blancas, y se las ve tan frías y pequeñas: dos cachorros cansados. Mira sobre el hombro hacia una pieza minúscula.

–Niños –silencio–. ¡Niños! Vengan a ver el santito.

Del cuarto oscuro, entre el amasijo de pañales, mantas y colchones, asoman tres cabezas diminutas. Son dos varones y una niña recién levantados: tienen el cabello atolondrado, los ojos chinos y la sonrisa floja. Afuera, por la calle, se oye el machaco sincopado de varios pares de pasos. Es la procesión de Expedito: veinte cuerpos que parecen aplastados por el mismo paisaje que los hace bellos.

–Éstos son mis chiquitos –sonríe–. ¿Le dije que me llamo Noemí Vázquez? La mayoría en Antofagasta somos Vázquez. Muchísimos. Quizá seamos todos hijos del mismo hombre.

Noemí vuelve a meter las manos limpias en el agua sucia; los pasos pasan. Las horas, en cambio, se quedan para siempre.


Recuerdos

5 \05\UTC abril, 2009

Esto es un texto de prueba de un “post”. Es muy facil publicar en un blog. Etc.


La ecología de las canas verdes

23 \23\UTC enero, 2009

Tuve un novio ecologista -militante furioso contra el consumo de carnes y la emisión de gases tóxicos- que era incapaz de apretar el botón tras deponer su existencia entera en el tazón del baño, una actitud que me ayudó a entender que las emanaciones peligrosas le importaban un comino y que el punto medular de su tarea ambiental consistía en ir a los asados y romper la paciencia.

Tuve una abuela macrobiótica. Durante mi infancia me servía potajes de una cebada dulce y perlada, y mientras los suministraba en cucharadas abundantes me decía al oído que mi madre –su nuera- me envenenaba porque me daba de comer churrascos.

Fui verde. Me asocié a Greenpeace en plena adolescencia convencida de que ahí podía haber chicos lindos. Para impactarlos a todos me compré unas lentes de contacto (verdes) que se partieron al medio pasado el primer mes de uso, dándome motivos suficientes para quemar las naves y desasociarme por teléfono de la única ONG de la que alguna vez formé parte.

Fui vegetariana. Me fui a vivir sola cuando acabé el secundario y la cocina era más fácil de limpiar si nunca comías grasas. Viví a frutas, verduras, pastas y arroz durante cinco años hasta que me mudé a la casa de mi novio naturista y pocos días después de haber llegado –harta de sus mañas falsamente ecológicas- usé sus utensilios de teflón para hacerme un bife de chorizo. Lo que siguió fue una guerra (en su caso, química), una separación y el comienzo de una vida que hizo de mí lo que soy hoy: una mujer de treinta y tres, casada con un carnívoro de cuarenta y uno, y sentada en un jardín que devino –ironías del destino- el cagadero de todos los gatos del barrio.

–Tenemos que comprar un rifle de aire comprimido.

Le digo a Juan y después dudo. No sé si es mejor una gomera o un rifle. En cualquier caso, sí sé que la conciencia ecológica es la mejor excusa que tenemos para justificar taras mentales, imperialismos furiosos, sociedades de control, delirios compulsivos, enobismos, internas familiares, en fin: todo aquello que nada tiene que ver con el cuidado de la Pacha Mama. Vivimos en un mundo que habla en verde (no tires tus bolsas, no tales un árbol, recicla tus papeles, no dispares al gato) sólo cuando hablar en verde significa salvar plantas y animales como Kung Fu Panda.

Por eso, supongo, no soy ecologista. Antes que defender algunas causas, prefiero aborrecerlas a todas.

Ecoansiosos
¿Es posible ser ecologista y coherente? La historia de Colin Beavan –escritor- y Michelle Conlin –periodista- quizás ofrezca una respuesta. Hasta el año pasado Beavan y Conlin eran una pareja normal: vivían en Nueva York, desayunaban baguels y se limpiaban el trasero con papel. Hasta que Beavan, justamente porque era normal, decidió hacer dinero a cualquier precio. Conciente del auge y de la consecuente rentabilidad de los fanatismos ecológicos, firmó contrato con una editorial para hacer un experimento: durante un año, él, su mujer y su hija de dos años vivirían una existencia “sin impacto ambiental”. Y Beavan contaría esa historia en un libro, titulado No Impact Man.

Desde entonces –enero de 2008- Beavan y Conlin son los freaks del barrio. Sólo comen productos orgánicos cosechados dentro de un radio de 400 kilómetros de Manhattan (se considera que esa es la mayor distancia que un granjero puede recorrer a y desde una ciudad en un día, y que mayores traslados generan un excesivo aporte de dióxido de carbono a la atmósfera); no compran ningún producto que no sea alimenticio (aunque pueden recibir regalos); no producen basura inorgánica y con la orgánica hacen compost (es decir que la someten a una horda de gusanos que la comen y transforman; un procedimiento que llena la casa de un vaho podrido y dulzón); no usan papel higiénico, sino agua y aire; protegen a su hija con pañales de algodón orgánico; no toman el ascensor del edificio, aun cuando viven en un noveno piso; prescinden de cualquier electrodoméstico (incluido el televisor LCD de 46 pulgadas); y se trasladan por las calles en monopatín. También cuando nieva.

“En algún momento de sus vidas, los liberales culposos se quiebran –argumenta Conlin en su blog, No Impact Man-. Dejan de usar plásticos, comen productos orgánicos, se vuelven fanáticos de la bicicleta, apagan los electrodomésticos, transforman su mierda en compost y, si viven en la ciudad de Nueva York, generalmente se transforman en lunáticos que abrazan los árboles y tratan de salvar a los osos polares y al mundo entero de la catástrofe medioambiental. Y por supuesto, arrastran a sus hijitas –vestidas con ropa de Prada Kids- y a sus mujeres -amantes de los hoteles cinco estrellas- en ese viaje”.

Los culposos que describe Conlin son los mismos que acudieron a los cines en el año 2006, cuando se estrenó The Inconvenient Truth (La Verdad Incómoda): un documental sobre el calentamiento global que está basado en una exposición multimedia que Al Gore (ex vicepresidente durante la gestión de Bill Clinton) fue desarrollando a lo largo de varios años como parte de una campaña educativa. La película, distribuida por la Paramount, tuvo sus efectos: le valió a Al Gore un desopilante premio Nobel de la Paz y gatilló una tara conservacionista que hizo de la ecología, en muchos casos, una práctica snob y sin consecuencias reales en la mejora del medio ambiente.

Hoy, volverse verde (@going green@, le dicen los americanos) es uno de los estilos de vida más @cool@ del primer mundo y se transformó en caricatura de una tendencia que, de un modo menos delirante pero igualmente injusto, recorre los cinco continentes: la de responsabilizar a las personas por el daño (y la salvación) ambiental. Vivimos convencidos de que el agujero de ozono se hizo grande porque prendimos la estufa o porque mezclamos papel, vidrio y mandarinas en un mismo tacho de basura (cuando hay industrias que tiran a los ríos un índice de porquerías que ningún diluvio universal podrá barrer).

Esta paranoia ya tiene su propia etiqueta: “ecoansiedad”, un término que refiere a la mitigación del miedo al Armaggedon valiéndose de prácticas que orillan el ridículo. Sólo por dar un par de ejemplos, en Estados Unidos se hizo famoso el caso de una madre de Berkeley que, arrepentida por haber pasado toda una vida dándose baños de inmersión, decidió ahorrar en serio y sumergirse en el agua de baño con la que se había higienizado su hija. Al Gore no se queda atrás. Uno de sus últimos aportes fue el de arengar a la población para que no centrifugue su ropa, una práctica que originó el movimiento Loundry List, que defiende el colgado de las prendas mojadas en una soga. El proyecto, sin embargo, podría fracasar. “La gente ve en la ropa colgada una imagen de pobreza –admitió Al Gore-. Hollywood siempre pone sogas cuando quiere mostrar que un barrio es bajo. Esta imagen le recuerda a muchas personas el lugar donde crecieron”.

Anti todo
Existe solo una ONG a la que –después de mi fracaso en Greenpeace- podría sumarme sin mayores traumas. Se llama APA (Anti-Pachamamistas en Acción) y consiste en un grupo de personas que se reúne en un blog y se vale de reveladoras investigaciones científicas –y esto no es una ironía- puestas para discutir el mayor precepto que sustenta a lo que ellos llaman la “Religión Verde” (guiada por una estampita de Al Gore con una aureola santa): que el calentamiento global es culpa de los ciudadanos.

Los miembros de la APA sostienen –y respaldan con informes- que la temperatura de la tierra depende del calor solar y no tanto del dióxido de carbono liberado a la atmósfera; una postura que desafía ese consenso axiomático de que el dióxido de carbono emitido por la actividad humana es el responsable del calentamiento global. Con este cuestionamiento como punto de partida, en la APA no perdonan a nadie. Y menos aún a los famosos que lavan sus conciencias sumándose a eventos multimillonarios como el Live Earth, un concierto de varios días promovido por Al Gore con el fin de “salvar la tierra”.

¿A qué nos referimos con salvar la tierra?

En el caso de Al Gore, a trabajar duro para ganarse el Nobel.

En el mío, ahora más que nunca, a comprarme un rifle para que no me la caguen los gatos. Quiero salvar la tierra para que mi hijo juegue a la pelota, se tire entre las plantas, mire una hormiga y pregunte –como pregunta ahora- si la matamos o qué.

– No, Joaqui, mejor no la matemos –le contesto, porque en el fondo soy buena.
– ¿Y por qué a los mosquitos sí los matamos?
– Porque nos pican.
– ¿Y las hormigas no pican?
– No.
– Pero pican a las plantas. Se comen las hojitas, ¿ves, mami? Esa se está comiendo una hojita.
– Pero a la planta no le duele.
– ¿Por qué no le duele?
– Porque no es persona.
– Ah. ¿Por qué no es persona?
– Porque es planta.
– ¿Por qué es planta?
– Porque no tiene sistema nervioso central.
– Ah.
– …
– ¿Qué es serena negroso central?
– Pisalas a todas, pero después limpiate los zapatos.

—-

Publicado en el número 52 de la revista Lamujerdemivida, cuya consigna fue “LA SECTA DE LOS NATURALES”. 


El auge de las fiestas clean en Buenos Aires

10 \10\UTC junio, 2008

“Acá hay gente linda”, dice el Maestro De Rose –gurú del yoga– mientras cruza sus piernas sobre un suelo de goma y habla como si las palabras fueran globos de helio. “Acá” es la Sede Palermo de la Universidad de Yoga: una casa reciclada en la que hoy (trasnoche de sábado) se desarrolla una fiesta extraña. La llaman fiesta “clean” (limpia) y eso significa que no hay alcohol, cigarrillos ni drogas. “Sólo gente linda”, insiste De Rose con un gesto lavado y beatífico. Es una de las máximas autoridades de yoga en Brasil, instruyó a más de cinco mil personas en todo el mundo y escribió doce best sellers que hablan de amor, filosofía, “reprogramación emocional” y conexiones con el “yo interior”. Cuando le pregunto, entonces, qué significa gente linda espero alguna respuesta que conecte la belleza con el cosmos, o al menos con el agua mineral. “Linda es… linda –sintetiza el Maestro–. Físicamente linda. El cuerpo delgado, esculturado, la musculatura firme porque practica deportes y yoga; gente universitaria, estudiantes, en fin: físicamente linda. E interiormente linda también”.

Las fiestas clean empezaron cinco años atrás. Las inventó De Rose, y en Argentina las organiza mensualmente la Universidad de Yoga, con el objetivo de generar espacios donde la gente pueda divertirse sin aditivos artificiales. Aunque al principio eran eventos sólo para los miembros de la organización, desde hace ya un par de años las fiestas se extienden a los amigos “no enyoguizados” de esos socios. El resultado es un evento como éste: ciento y pico de personas bailando y tomando jugos naturales bajo el parpadeo de una luz blanca y nerviosa.

De Rose me convida un jugo de manzana y habla en perfecto español sobre la vida acelerada de estos tiempos. “El alcohol, las drogas, el cigarrillo no son sanos. Nosotros queremos facilitar que los jóvenes a los que no les agradan los estimulantes puedan tener sus fiestas. ¡Y vino una cantidad de gente increíble! Como usted vio: gente linda que pasa toda la noche danzando. Uno se siente amparado con las manos ocupadas con alcohol, pero acá el amparo está en nosotros. Gente linda, joven. Jóvenes que quieren mejorar el mundo”.

El Maestro De Rose (y sus fiestas) recorrieron los cinco continentes. Sólo entre Chile, Argentina y Brasil, la Universidad congrega a 50 mil jóvenes que trasnochan convencidos de que la diversión es sólo una cuestión mental. “Yo voy a todo tipo de fiestas, pero prefiero esto. Me gusta que no haya humo y que esta modalidad no se haga por imposición: acá nadie fuma ni toma, pero lo hacemos porque queremos” explica Eugenia Bouciguez, 26 años, una belleza rubia y sedada. A su lado, Diego Ouje –42 años, instructor de yoga– coincide. “Yo también voy a cualquier fiesta, ¡me encantan las fiestas! –se entusiasma–. Pero esto es distinto. Los practicantes de yoga somos vegetarianos, no fumamos, sostenemos una serie de hábitos para que el yoga nos funcione. Y traemos nuestra filosofía a estas fiestas”.

Diego es físicamente igual a por lo menos cinco tipos más en esta casa. Los instructores de yoga se parecen tanto entre sí que la situación se vuelve inquietante y chistosa. Diego es alto, fibroso, delgado; tiene mandíbulas fuertes y la piel pegada a los huesos de la cara. La camisa es de algodón blanco, el pelo está al ras y la barba dibuja ángulos rectos. Toda esta descripción –exacta– también vale para hablar de Edgardo Caramella, el director de la Universidad de Yoga; un hombre que, sentado a dos metros del Maestro De Rose, explica que estas fiestas son un éxito. “Cada vez más gente quiere participar, nos llegan muchos mails –explica Caramella–. Los chicos nos dicen que a veces se sienten obligados a divertirse en otros lugares porque no tienen otras opciones. Es gente que conoce la Universidad sin haber venido. A veces asistieron a clases gratuitas que damos en el Centro Cultural Recoleta y en colegios secundarios. No siempre son alumnos.”

–Pero es toda gente linda –advierte el Maestro con un globo en la mano. De Rose tiene la barba blanca y el aire relajado y oscuro de Paulo Coelho.

–De todas formas aclaremos que acá no se discrimina a nadie –trata de salvar Caramella. Caramella está serio y De Rose sonríe o algo así: es como si no estuviera aquí.

–¿Y si viene alguien, por ejemplo, gordo? –pregunto.

–Si una persona se agrega a un grupo con cuerpo esculturado empieza a cambiar –responde De Rose–. Ya no es más gorda.

Ya no es más gorda, dice. Y puede venir a estas fiestas.


“Me enferma saber que tengo millones y no puedo pagar el alquiler”

26 \26\UTC abril, 2008

“Mirá ”, dice Verónica Baena y gira su nariz de un modo panorámico, señalando el paisaje. Es domingo a la tarde en San Andrés, provincia de Buenos Aires, y lo que puede verse es esto: un sol que baja, una pelopincho con el agua quieta, ocho gatos, dos perros, niños, un vaso con agua y hielo, y una mujer –Verónica– que se desploma en una mueca de calor y fastidio. “Mirá, es todo lo que tengo”.

Un año y medio atrás, Verónica creyó, por primera y única vez en su vida, que podía llegar a tenerlo todo. Ocurrió en la noche del 15 de octubre de 2006, cuando jugó 35 centavos en una máquina tragamonedas y ganó 35 millones de pesos. La noticia llegó a la prensa en pocas horas, y a la mañana siguiente el país entero hablaba del caso: una ama de casa había hecho saltar la banca del Bingo Mirador, el centro de juego más importante de Sudamérica, y se negaban a pagarle.

Codere S.A. –la multinacional dueña del bingo–, había argumentado una falla técnica; y fue así que Baena apareció en diarios, revistas, radios y canales de televisión diciendo siempre lo mismo: que el dinero era de ella; que éste es un país de vivos donde la ley no se cumple; que hasta las últimas consecuencias y que quería conocer Brasil.

Pasaron, desde entonces, diecisiete meses. De todas las palabras dichas sólo queda una postal casi irreal: Verónica Baena, sentada en el patio trasero de una casa de suburbios, dice que no tiene absolutamente nada.
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Capitulo 1 de ‘Los Imprudentes’

26 \26\UTC abril, 2008

Isabel era inteligente, aunque no a simple vista. No trabajaba, no leía, no iba al cine, no arreglaba enchufes, no escuchaba música. Tenía, sin embargo, una gran habilidad: parir hijos hermosos (cuatro) y agredirlos sin filtro.
Hablarles, como si cada palabra fuera, en realidad, una escupida.

–¡Sos un ambicioso! Lo único que te interesa es llenarte de plata, ¡ambiciosooo! –lo increpaba a Juan Marcos, su hijo mayor, un chico soleado y de 26 años que en esos casos, y quizás en todos, probaba una sonrisa y miraba el reloj con disimulo.
–¡Maldito accidente! ¡Tu silla de ruedas me arruina todas las alfombras! –le gritaba Isabel a su segunda hija, Isabelita, quien desde entonces sueña despierta con atropellar a su propia madre.
–Sos tonto, tonto, ¡tonto! Tan tonto que vas a terminar tirado en la vereda y de tan tonto que sos tus amigos se van a aburrir de vos –le anticipaba a Alex, el tercero, una criatura de silencios largos y aspiraciones cortas que ya decidió irse del hogar con la primera mujer que le hable de amor.

Santos, el cuarto, el menor de todos, dice que Isabel, aunque es un poco arpía, siempre tuvo cierto amargo y triste fondo de razón: Alex no es muy vivo, Isa no se lleva bien con las alfombras, y Juan Marcos tiene una calculadora
en el tronco cerebral. Pero con él, con Santos, Isabel era y es –dice Santos– ridícula. Ridícula en su forma de agredir.

–Tenés el demonio adentro, ¡yo lo sé! –le gritó una tarde–. A vos te están llenando la cabeza dos personas. Tengo la premonición, los conociste en Internet… Se llaman Alexis y Thomas, son judíos y viven en… ¡Caballito! Vos
estás yendo mucho a Caballito, ¿no?

La familia de Isabel vive en Recoleta. Desde que Santos nació –hace 18 años– los días transcurrieron entre una mansión de Pilar (cincuenta hectáreas diseñadas bajo el canon de la Belle Époque), un campo en Colón, un
palacio urbano (ahora devenido en un hotel desmesurado), y un edificio francés en el barrio más francés que tiene la Argentina.
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Introducción a ‘Los Imprudentes’

26 \26\UTC abril, 2008

La primera vez que escribí sobre la adolescencia gay fue hace siete años, cuando acababa de abandonar mi adolescencia. Yo tenía 21 años y la revista Rolling Stone me había convocado con una idea: querían contar cómo es atravesar la selva teen con la mochila de estar viviendo una sexualidad a contramano. La propuesta me gustó. Yo no sabía mucho de sexo, ni sabía muy bien qué significaba ser distinto en la cama. Además no tenía amigos gays, tampoco amigas lesbianas. La nota era, entonces, un viaje al corazón de un planeta inquietante y ajeno. Y siempre me interesaron los viajes. Sobre todo porque existe, sobre la marcha, la posibilidad de la sorpresa. Lo que encontré en ese momento, cuando yo estaba en mis veintipico y nada me parecía demasiado grave, no fue una postal morbosa ni un universo de chicos retorcidos, sino el reflejo de lo que yo había sido durante mi adolescencia: un aluvión de preguntas, una nariz que husmeaba el mundo con una curiosidad desesperada. Terminé esa nota con dos
certezas. La primera, que la cuestión gay-lésbica en la adolescencia, es un trazo iridiscente que subraya la infinidad de preguntas que todos hemos tenido a lo largo de la vida. Y la segunda, que ese tema excedía las páginas de una revista. Había que escribir un libro. Incluso un libro iba a ser poco.

Lo que sigue es un puñado de historias que, como siempre ocurre, son únicas y universales a la vez.
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Historias de mudanzas

23 \23\UTC abril, 2008

Romper el círculo, salir del laberinto, abrirse al cambio. Propuestas que no son fáciles de llevar a cabo. Pero para los que se animan, para los que no se quedan ahogados en el circuito de las repeticiones, hay un horizonte distinto.

Una casa. Un patio con flores lindas y baratas. Unas persianas que una vez se desplomaron y nos dejaron juntos –a Juan y a mí- sosteniendo las celosías que se venían encima (y entonces lo miré –nos miré- haciendo esa gimnasia idiota, y por un motivo inexplicable supe que Juan y yo teníamos un proyecto juntos). Un espejo empotrado con un marco de madera en el que vi crecer mi panza y que una vez –en uno de esos típicos accesos de la preñez- quise patinar como si yo fuera una artista (y quedó horrible). Unas lámparas que llenan el aire de una atmósfera irreal: como piedras y pececitos que cubren las paredes. Un living inmenso que recorrí con la vista, sentada en el sillón, cuando volví de parir (y entonces todo se veía más grande, más inabarcable, y esa tarde lloré, con mi hijo en la falda como una encomienda: lloré y pensé que no podría con todo, con mi vida, con mi living). Una pared con ladrillos a la vista: el capricho –la necesidad- de ver la carne viva de mi casa. Vecinas viejas que me quieren.
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Traicioneros por naturaleza

23 \23\UTC abril, 2008

El peor de los traidores es el infiltrado. Pero no toda traición es deleznable. Algunas sirven para permanecer fieles a cuestiones más dignas. Como Truman Capote. Como todos nosotros, llegado el caso.

Cuando iba al colegio secundario tenía una amiga, y esa amiga tenía un novio que me gustaba. En realidad, era un pibe que deslumbraba a todo el mundo: tenía cara de chico Guess –los ojos líquidos, la sonrisa lúbrica-, y encima era bueno, simpático y sencillo, con lo cual estar con él y no querer besarlo era señal de que estabas mal de la cabeza. No sé si fue una buena idea, pero siempre puse mi amistad sobre mi deseo. Hasta que un día, por motivos que ni recuerdo y que seguramente eran muy lógicos, mi amiga –se llamaba Verónica- intuyó algo y empezó con las preguntas.

– ¿Te gusta? –me dijo llorando, borracha, en un boliche.
– Naaa –le contesté.
– No te creo. Juráme que no te gusta.
– No me gusta, te lo juro por mi vieja.
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Jorobaditos

21 \21\UTC abril, 2008

El 4 de abril pasado, Jessica Almada y María Belén Téllez cerraron el último capítulo de una historia espantosa. El 29 de octubre de 2006 habían sido detenidas en el aeropuerto de Barajas, Madrid, por llevar unas valijas con dieciséis kilos de cocaína adentro y el pronóstico, en ese momento, era mucho peor que negro: deplorable. Pasaron desde entonces dieciocho meses, una estadía en la cárcel Wad Ras, de Barcelona, y una angustia de esas que no caben en ninguna parte.

Hasta que llegó el día del juicio, el culpable de todo terminó siendo culpado, y Jessica y María Belén quedaron libres. Desde Buenos Aires, los padres de las chicas decían todas las frases que pueden esperarse en esos casos: que estaban felices, que había triunfado la verdad, que extrañaban a sus hijas. Hasta que llegó la pregunta más rara y, paradójicamente, la más previsible de todas:

–¿Es cierto que Tinelli les ofreció un lugar en Bailando por un sueño? –indagaron desde varios medios.

–No nos dijeron nada –respondió Edgardo Almada–, pero si estuviera la oferta vamos a apoyar a Jessica.

–A Belén le gustaría mucho –contestó Claudia Téllez–. Ella ya está grande y decidirá qué hacer, tiene todo el apoyo que necesite.

Retrocedamos. Diez minutos antes, Almada y Téllez acababan de enterarse de que sus respectivas hijas no iban a pasar los siguientes 11 años de sus vidas en una cárcel a 15 mil kilómetros de distancia, en un país que cotiza en euros, junto a otras reclusas detenidas por tráfico de drogas, robos y asesinatos. Pero los medios preguntaron por Marcelo Tinelli –yo también lo habría hecho– y el señor Almada y la señora Téllez contestaron con una naturalidad que, lejos de cualquier crítica, no hizo más que zambullirlos de cabeza en una lógica que tampoco es culpa de alguien en concreto: tiene que ver con la Argentina, el mundo, el tipo de existencia al que fuimos arrojados todos, quién sabe desde qué trampolín optimista.

Vivimos bajo la orden de estar felices y bailando incluso cuando –diez minutos antes– fantaseábamos con pegarnos un tiro. Tinelli, simplemente, sintetiza esta locura mediante un producto de digestión sencilla. Desde hace ya cinco años rompe el rating mostrando esa combinación perfecta de culos y zozobra que es Bailando por un sueño, y debe ser por eso, entre tantas otras cosas, que Tinelli es Tinelli: el rey de la audiencia desde hace casi dos décadas; el hombre que pone en clave catódica una idiosincrasia que nos ronda y nos vive. No es su deber cambiar el mundo, sí es su negocio interpretarlo.

El dilema, en todo caso, es ver qué hace cada uno con el material que interpreta. Tinelli hace dinero. Y hay gente que hace rock. Hace diez años, la banda Attaque 77 editó El Jorobadito, un tema pegadizo, triste y oscuro que contaba la vida de un chico que, en virtud de una protuberancia en la espalda, tenía una biografía impresentable de principio a fin. Pero lo impactante no era la historia del Jorobadito, sino el estribillo: “Me dijeron baila, baila sin parar / tu vida es una historia triste. / Baila, baila sin parar / te tienes que reír”.

La canción fue lanzada en 1998: pleno auge del modelo menemista, y cinco años antes de que Tinelli comenzara con su ciclo Bailando por un sueño y le pusiera un nombre onírico a una tara que supera cualquier show de televisión. “Su sobrino necesita un trasplante de médula para seguir viviendo y va a bailar con una diosssargentina: ¡Catherine Fullop!”, gritaba Tinelli el año pasado. “Los argentinos no tenemos que estar crispados, porque todos los años a los argentinos nos está yendo un poco mejor, así que ¡alegría!”, arengaba la presidenta Cristina Fernández en Plaza de Mayo.

No son frases tan distintas y a esta altura el problema ni siquiera son ellos: pegarle a Tinelli es el mayor deporte del progresismo biempensante y pegarle a Cristina Fernández ni siquiera sirve para algo. El problema es todo lo demás. Es que detrás de esas palabras –la mayor parte de las veces– estamos nosotros aplaudiendo, chiflando, subiendo el volumen bien arriba y pidiéndole al jorobado que baile, ría y gire como un trompo enloquecido sobre su propia joroba.

[Publicado en la contratapa del diario Crítica de la Argentina del 16 de abril de 2008]