La ecología de las canas verdes

23 de enero, 2009

Tuve un novio ecologista -militante furioso contra el consumo de carnes y la emisión de gases tóxicos- que era incapaz de apretar el botón tras deponer su existencia entera en el tazón del baño, una actitud que me ayudó a entender que las emanaciones peligrosas le importaban un comino y que el punto medular de su tarea ambiental consistía en ir a los asados y romper la paciencia.

Tuve una abuela macrobiótica. Durante mi infancia me servía potajes de una cebada dulce y perlada, y mientras los suministraba en cucharadas abundantes me decía al oído que mi madre –su nuera- me envenenaba porque me daba de comer churrascos.

Fui verde. Me asocié a Greenpeace en plena adolescencia convencida de que ahí podía haber chicos lindos. Para impactarlos a todos me compré unas lentes de contacto (verdes) que se partieron al medio pasado el primer mes de uso, dándome motivos suficientes para quemar las naves y desasociarme por teléfono de la única ONG de la que alguna vez formé parte.

Fui vegetariana. Me fui a vivir sola cuando acabé el secundario y la cocina era más fácil de limpiar si nunca comías grasas. Viví a frutas, verduras, pastas y arroz durante cinco años hasta que me mudé a la casa de mi novio naturista y pocos días después de haber llegado –harta de sus mañas falsamente ecológicas- usé sus utensilios de teflón para hacerme un bife de chorizo. Lo que siguió fue una guerra (en su caso, química), una separación y el comienzo de una vida que hizo de mí lo que soy hoy: una mujer de treinta y tres, casada con un carnívoro de cuarenta y uno, y sentada en un jardín que devino –ironías del destino- el cagadero de todos los gatos del barrio.

–Tenemos que comprar un rifle de aire comprimido.

Le digo a Juan y después dudo. No sé si es mejor una gomera o un rifle. En cualquier caso, sí sé que la conciencia ecológica es la mejor excusa que tenemos para justificar taras mentales, imperialismos furiosos, sociedades de control, delirios compulsivos, enobismos, internas familiares, en fin: todo aquello que nada tiene que ver con el cuidado de la Pacha Mama. Vivimos en un mundo que habla en verde (no tires tus bolsas, no tales un árbol, recicla tus papeles, no dispares al gato) sólo cuando hablar en verde significa salvar plantas y animales como Kung Fu Panda.

Por eso, supongo, no soy ecologista. Antes que defender algunas causas, prefiero aborrecerlas a todas.

Ecoansiosos
¿Es posible ser ecologista y coherente? La historia de Colin Beavan –escritor- y Michelle Conlin –periodista- quizás ofrezca una respuesta. Hasta el año pasado Beavan y Conlin eran una pareja normal: vivían en Nueva York, desayunaban baguels y se limpiaban el trasero con papel. Hasta que Beavan, justamente porque era normal, decidió hacer dinero a cualquier precio. Conciente del auge y de la consecuente rentabilidad de los fanatismos ecológicos, firmó contrato con una editorial para hacer un experimento: durante un año, él, su mujer y su hija de dos años vivirían una existencia “sin impacto ambiental”. Y Beavan contaría esa historia en un libro, titulado No Impact Man.

Desde entonces –enero de 2008- Beavan y Conlin son los freaks del barrio. Sólo comen productos orgánicos cosechados dentro de un radio de 400 kilómetros de Manhattan (se considera que esa es la mayor distancia que un granjero puede recorrer a y desde una ciudad en un día, y que mayores traslados generan un excesivo aporte de dióxido de carbono a la atmósfera); no compran ningún producto que no sea alimenticio (aunque pueden recibir regalos); no producen basura inorgánica y con la orgánica hacen compost (es decir que la someten a una horda de gusanos que la comen y transforman; un procedimiento que llena la casa de un vaho podrido y dulzón); no usan papel higiénico, sino agua y aire; protegen a su hija con pañales de algodón orgánico; no toman el ascensor del edificio, aun cuando viven en un noveno piso; prescinden de cualquier electrodoméstico (incluido el televisor LCD de 46 pulgadas); y se trasladan por las calles en monopatín. También cuando nieva.

“En algún momento de sus vidas, los liberales culposos se quiebran –argumenta Conlin en su blog, No Impact Man-. Dejan de usar plásticos, comen productos orgánicos, se vuelven fanáticos de la bicicleta, apagan los electrodomésticos, transforman su mierda en compost y, si viven en la ciudad de Nueva York, generalmente se transforman en lunáticos que abrazan los árboles y tratan de salvar a los osos polares y al mundo entero de la catástrofe medioambiental. Y por supuesto, arrastran a sus hijitas –vestidas con ropa de Prada Kids- y a sus mujeres -amantes de los hoteles cinco estrellas- en ese viaje”.

Los culposos que describe Conlin son los mismos que acudieron a los cines en el año 2006, cuando se estrenó The Inconvenient Truth (La Verdad Incómoda): un documental sobre el calentamiento global que está basado en una exposición multimedia que Al Gore (ex vicepresidente durante la gestión de Bill Clinton) fue desarrollando a lo largo de varios años como parte de una campaña educativa. La película, distribuida por la Paramount, tuvo sus efectos: le valió a Al Gore un desopilante premio Nobel de la Paz y gatilló una tara conservacionista que hizo de la ecología, en muchos casos, una práctica snob y sin consecuencias reales en la mejora del medio ambiente.

Hoy, volverse verde (@going green@, le dicen los americanos) es uno de los estilos de vida más @cool@ del primer mundo y se transformó en caricatura de una tendencia que, de un modo menos delirante pero igualmente injusto, recorre los cinco continentes: la de responsabilizar a las personas por el daño (y la salvación) ambiental. Vivimos convencidos de que el agujero de ozono se hizo grande porque prendimos la estufa o porque mezclamos papel, vidrio y mandarinas en un mismo tacho de basura (cuando hay industrias que tiran a los ríos un índice de porquerías que ningún diluvio universal podrá barrer).

Esta paranoia ya tiene su propia etiqueta: “ecoansiedad”, un término que refiere a la mitigación del miedo al Armaggedon valiéndose de prácticas que orillan el ridículo. Sólo por dar un par de ejemplos, en Estados Unidos se hizo famoso el caso de una madre de Berkeley que, arrepentida por haber pasado toda una vida dándose baños de inmersión, decidió ahorrar en serio y sumergirse en el agua de baño con la que se había higienizado su hija. Al Gore no se queda atrás. Uno de sus últimos aportes fue el de arengar a la población para que no centrifugue su ropa, una práctica que originó el movimiento Loundry List, que defiende el colgado de las prendas mojadas en una soga. El proyecto, sin embargo, podría fracasar. “La gente ve en la ropa colgada una imagen de pobreza –admitió Al Gore-. Hollywood siempre pone sogas cuando quiere mostrar que un barrio es bajo. Esta imagen le recuerda a muchas personas el lugar donde crecieron”.

Anti todo
Existe solo una ONG a la que –después de mi fracaso en Greenpeace- podría sumarme sin mayores traumas. Se llama APA (Anti-Pachamamistas en Acción) y consiste en un grupo de personas que se reúne en un blog y se vale de reveladoras investigaciones científicas –y esto no es una ironía- puestas para discutir el mayor precepto que sustenta a lo que ellos llaman la “Religión Verde” (guiada por una estampita de Al Gore con una aureola santa): que el calentamiento global es culpa de los ciudadanos.

Los miembros de la APA sostienen –y respaldan con informes- que la temperatura de la tierra depende del calor solar y no tanto del dióxido de carbono liberado a la atmósfera; una postura que desafía ese consenso axiomático de que el dióxido de carbono emitido por la actividad humana es el responsable del calentamiento global. Con este cuestionamiento como punto de partida, en la APA no perdonan a nadie. Y menos aún a los famosos que lavan sus conciencias sumándose a eventos multimillonarios como el Live Earth, un concierto de varios días promovido por Al Gore con el fin de “salvar la tierra”.

¿A qué nos referimos con salvar la tierra?

En el caso de Al Gore, a trabajar duro para ganarse el Nobel.

En el mío, ahora más que nunca, a comprarme un rifle para que no me la caguen los gatos. Quiero salvar la tierra para que mi hijo juegue a la pelota, se tire entre las plantas, mire una hormiga y pregunte –como pregunta ahora- si la matamos o qué.

– No, Joaqui, mejor no la matemos –le contesto, porque en el fondo soy buena.
– ¿Y por qué a los mosquitos sí los matamos?
– Porque nos pican.
– ¿Y las hormigas no pican?
– No.
– Pero pican a las plantas. Se comen las hojitas, ¿ves, mami? Esa se está comiendo una hojita.
– Pero a la planta no le duele.
– ¿Por qué no le duele?
– Porque no es persona.
– Ah. ¿Por qué no es persona?
– Porque es planta.
– ¿Por qué es planta?
– Porque no tiene sistema nervioso central.
– Ah.
– …
– ¿Qué es serena negroso central?
– Pisalas a todas, pero después limpiate los zapatos.

—-

Publicado en el número 52 de la revista Lamujerdemivida, cuya consigna fue “LA SECTA DE LOS NATURALES”. 

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