El auge de las fiestas clean en Buenos Aires

10 de junio, 2008

“Acá hay gente linda”, dice el Maestro De Rose –gurú del yoga– mientras cruza sus piernas sobre un suelo de goma y habla como si las palabras fueran globos de helio. “Acá” es la Sede Palermo de la Universidad de Yoga: una casa reciclada en la que hoy (trasnoche de sábado) se desarrolla una fiesta extraña. La llaman fiesta “clean” (limpia) y eso significa que no hay alcohol, cigarrillos ni drogas. “Sólo gente linda”, insiste De Rose con un gesto lavado y beatífico. Es una de las máximas autoridades de yoga en Brasil, instruyó a más de cinco mil personas en todo el mundo y escribió doce best sellers que hablan de amor, filosofía, “reprogramación emocional” y conexiones con el “yo interior”. Cuando le pregunto, entonces, qué significa gente linda espero alguna respuesta que conecte la belleza con el cosmos, o al menos con el agua mineral. “Linda es… linda –sintetiza el Maestro–. Físicamente linda. El cuerpo delgado, esculturado, la musculatura firme porque practica deportes y yoga; gente universitaria, estudiantes, en fin: físicamente linda. E interiormente linda también”.

Las fiestas clean empezaron cinco años atrás. Las inventó De Rose, y en Argentina las organiza mensualmente la Universidad de Yoga, con el objetivo de generar espacios donde la gente pueda divertirse sin aditivos artificiales. Aunque al principio eran eventos sólo para los miembros de la organización, desde hace ya un par de años las fiestas se extienden a los amigos “no enyoguizados” de esos socios. El resultado es un evento como éste: ciento y pico de personas bailando y tomando jugos naturales bajo el parpadeo de una luz blanca y nerviosa.

De Rose me convida un jugo de manzana y habla en perfecto español sobre la vida acelerada de estos tiempos. “El alcohol, las drogas, el cigarrillo no son sanos. Nosotros queremos facilitar que los jóvenes a los que no les agradan los estimulantes puedan tener sus fiestas. ¡Y vino una cantidad de gente increíble! Como usted vio: gente linda que pasa toda la noche danzando. Uno se siente amparado con las manos ocupadas con alcohol, pero acá el amparo está en nosotros. Gente linda, joven. Jóvenes que quieren mejorar el mundo”.

El Maestro De Rose (y sus fiestas) recorrieron los cinco continentes. Sólo entre Chile, Argentina y Brasil, la Universidad congrega a 50 mil jóvenes que trasnochan convencidos de que la diversión es sólo una cuestión mental. “Yo voy a todo tipo de fiestas, pero prefiero esto. Me gusta que no haya humo y que esta modalidad no se haga por imposición: acá nadie fuma ni toma, pero lo hacemos porque queremos” explica Eugenia Bouciguez, 26 años, una belleza rubia y sedada. A su lado, Diego Ouje –42 años, instructor de yoga– coincide. “Yo también voy a cualquier fiesta, ¡me encantan las fiestas! –se entusiasma–. Pero esto es distinto. Los practicantes de yoga somos vegetarianos, no fumamos, sostenemos una serie de hábitos para que el yoga nos funcione. Y traemos nuestra filosofía a estas fiestas”.

Diego es físicamente igual a por lo menos cinco tipos más en esta casa. Los instructores de yoga se parecen tanto entre sí que la situación se vuelve inquietante y chistosa. Diego es alto, fibroso, delgado; tiene mandíbulas fuertes y la piel pegada a los huesos de la cara. La camisa es de algodón blanco, el pelo está al ras y la barba dibuja ángulos rectos. Toda esta descripción –exacta– también vale para hablar de Edgardo Caramella, el director de la Universidad de Yoga; un hombre que, sentado a dos metros del Maestro De Rose, explica que estas fiestas son un éxito. “Cada vez más gente quiere participar, nos llegan muchos mails –explica Caramella–. Los chicos nos dicen que a veces se sienten obligados a divertirse en otros lugares porque no tienen otras opciones. Es gente que conoce la Universidad sin haber venido. A veces asistieron a clases gratuitas que damos en el Centro Cultural Recoleta y en colegios secundarios. No siempre son alumnos.”

–Pero es toda gente linda –advierte el Maestro con un globo en la mano. De Rose tiene la barba blanca y el aire relajado y oscuro de Paulo Coelho.

–De todas formas aclaremos que acá no se discrimina a nadie –trata de salvar Caramella. Caramella está serio y De Rose sonríe o algo así: es como si no estuviera aquí.

–¿Y si viene alguien, por ejemplo, gordo? –pregunto.

–Si una persona se agrega a un grupo con cuerpo esculturado empieza a cambiar –responde De Rose–. Ya no es más gorda.

Ya no es más gorda, dice. Y puede venir a estas fiestas.

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