Capitulo 1 de ‘Los Imprudentes’

26 de abril, 2008

Isabel era inteligente, aunque no a simple vista. No trabajaba, no leía, no iba al cine, no arreglaba enchufes, no escuchaba música. Tenía, sin embargo, una gran habilidad: parir hijos hermosos (cuatro) y agredirlos sin filtro.
Hablarles, como si cada palabra fuera, en realidad, una escupida.

–¡Sos un ambicioso! Lo único que te interesa es llenarte de plata, ¡ambiciosooo! –lo increpaba a Juan Marcos, su hijo mayor, un chico soleado y de 26 años que en esos casos, y quizás en todos, probaba una sonrisa y miraba el reloj con disimulo.
–¡Maldito accidente! ¡Tu silla de ruedas me arruina todas las alfombras! –le gritaba Isabel a su segunda hija, Isabelita, quien desde entonces sueña despierta con atropellar a su propia madre.
–Sos tonto, tonto, ¡tonto! Tan tonto que vas a terminar tirado en la vereda y de tan tonto que sos tus amigos se van a aburrir de vos –le anticipaba a Alex, el tercero, una criatura de silencios largos y aspiraciones cortas que ya decidió irse del hogar con la primera mujer que le hable de amor.

Santos, el cuarto, el menor de todos, dice que Isabel, aunque es un poco arpía, siempre tuvo cierto amargo y triste fondo de razón: Alex no es muy vivo, Isa no se lleva bien con las alfombras, y Juan Marcos tiene una calculadora
en el tronco cerebral. Pero con él, con Santos, Isabel era y es –dice Santos– ridícula. Ridícula en su forma de agredir.

–Tenés el demonio adentro, ¡yo lo sé! –le gritó una tarde–. A vos te están llenando la cabeza dos personas. Tengo la premonición, los conociste en Internet… Se llaman Alexis y Thomas, son judíos y viven en… ¡Caballito! Vos
estás yendo mucho a Caballito, ¿no?

La familia de Isabel vive en Recoleta. Desde que Santos nació –hace 18 años– los días transcurrieron entre una mansión de Pilar (cincuenta hectáreas diseñadas bajo el canon de la Belle Époque), un campo en Colón, un
palacio urbano (ahora devenido en un hotel desmesurado), y un edificio francés en el barrio más francés que tiene la Argentina.

Para Isabel, el mundo terminaba en Recoleta, hacía una escala en Pilar, y retomaba en el aeropuerto de Ezeiza. El resto era papel de diario, noticias horribles, un universo de espanto que tenía sede, por ejemplo, en Caballito: un barrio de clase media en el que la gente de clase media tiene miedo de la clase baja.

–¡Tenés el demonio adentro! ¡Vas a arder! ¡Y te vas a quedar sin Internet! –insistía Isabel, que además no sabía muy bien qué era Internet. Santos nunca se tomó en serio a su madre. Más adelante dirá que es una mujer inteligente y
extraordinariamente intuitiva –lo que no dirá es que es bonita, una belleza adulta y de dientes fuertes, huesos livianos, mechón rubio resbalando sobre la frente– pero que así y todo, sagaz y con olfato, él le perdió el respeto por completo.

Santos no sabía quién era Thomas (pronunciado por Isabel con un insólito acento en la o), y el único Alexis conocido era un personaje de Alexis o el tratado del inútil combate, el libro de Marguerite Yourcenar que cuenta la historia de un hombre casado que le confiesa a su mujer, a través de una carta, que se enamoró de otro varón.

Pero ese libro ya no estaba en casa. En la casa sólo estaba la familia –un padre, una madre, cuatro hijos, una mucama y un apellido patricio– y estaba la voz de Isabel, una cinta de Moebius que recorría el aire sin respiro. Una noche, sin embargo, Isabel calló. Estaba sentada en el corazón de un living grandioso y de superficies nobles. Los críticos de arquitectura habían escrito alguna vez que esa casa, repulgada de principio a fin, reflejaba algo así como la serenidad helénica y el canto de quién sabe qué dios en el Olimpo. Sin embargo en el ambiente no flotaba, esa tarde, exactamente, un estado de serenidad. Isabel tomaba café, cruzaba las piernas, marcaba el ritmo de algo con el pie.

–¡Ya basta! ¡Sos un zángano! No sabemos nada de tu vida, ni a dónde vas ni con quién salís, lo tuyo es… Este es el momento de pensar tu futuro, Santos. Todo este año fue espantoso, tu repetición, pudiste tener la mejor educación del
mundo y terminaste el secundario en un instituto para repetidores, Santos, ¿entendés? ¿Sabés qué no me gusta de vos? Miráme Santos cuando te hablo no me pongas loca. ¿Sabés qué no me gusta de vos? Que no valorás lo que
tenés. Estoy cansada de tu desgano, de tu forma de estar en la casa, de… de… Terminémosla. Vos… –Isabel alzó las cejas, se reclinó hacia adelante, miró a su hijo como a un insecto–. No sé, Santos, yo creo que sos maricón. ¿Sos
maricón? Seguro que sos maricón.

En realidad, no queda claro si le dijo maricón o gay, aunque cualquiera de las dos palabras es posible. Sí se sabe que Santos pitó un cigarrillo, y que luego sonrió con cansancio o con alivio.

–Sí –dijo. Dijo sí.

Y algo en Isabel –los músculos, la cara, la tensión de las mandíbulas– entró en estado de liquidez. Isabel se desarmó, debe ser eso. Se desarmó y después, al fin, hubo silencio. Santos, 18 años, hijo de una ama de casa y un
terrateniente, hermano de tres hermanos educados para amar a Dios y a los mercados, había soñado con este momento durante mucho, pero mucho tiempo. Después se puso de pie, apagó el cigarrillo, tomó dos películas y
soltó una de esas frases que nunca quedarán en la memoria de nadie, de no ser porque se dicen justo ahora.

–Voy al videoclub porque ya cierra.
–¿Qué? –Isabel saltó del sofá, quizá salió de un trance–. Pero Santitos –lo acompañó hasta la puerta–, esto es un chiste, ¿no?
–No.
–¿Le digo a tu padre? –ella nunca decía «tu padre». En cualquier caso, Juan Marcos estaba en la otra punta de la casa, mirando un canal agropecuario. En la pantalla había una vaca.
–Sí, decile a papá. Ahora vengo.

Se fue. En el camino puso música de Pansy Division y vio cómo el barrio entero transcurría en un estado casi fantasmal: las vidrieras perfectas, los dinteles repujados de los edificios, las gotas de humedad que, atravesadas por las luces de la calle, le daban a la noche la espesura de un puño. Era verano y era Recoleta, pero podría haber sido otro lugar cualquiera. En ese momento, Santos estaba en un espacio propio y todo lo demás era extranjero: los cuerpos de los otros, el baile de las vidas de los otros.

«¿Pasivo? ¡No! ¿Activo? ¡No! ¡Versátil!» gritaba en los auriculares Jon Ginoli, un guitarrista que formó su propia banda luego de que los rockeros lo rechazaran por gay, y los gays lo rechazaran por rockero. Los Pansy no pertenecían a nada, ni a nadie. Y Santos sabía cómo era eso. Sabía, y sin embargo estaba muy tranquilo. Nunca pensó que sería así de fácil. No tuvo que sentarlos para hablar, nadie lo echó de su casa, y a lo sumo llorarían (parece que en estos casos, tarde o temprano, se llora), pero nada podía ser demasiado, ni siquiera las preguntas que –según tenía entendido– los padres hacían en situaciones como esta: ¿Cuándo te diste cuenta? ¿Ya estuviste con un hombre? ¿Te cuidás? ¿Te pensás vestir de mujer? ¿Estás seguro? ¿Sos activo? ¿Sos pasivo? Drogas no, ¿no?

Quince minutos más tarde, Santos estaba en su casa, y en su casa estaban sus padres, sentados en un sillón con la compostura de dos lechugas fermentadas. Hicieron algunas preguntas (las más discretas), y escucharon las respuestas (las más discretas). Después lloraron, después sonrieron. La sonrisa era como un sello equivocado sobre la cara. Al fin y al cabo, pensaron ellos –la amabilidad puesta, los párpados mojados– Santitos seguía siendo el mismo: el benjamín del hogar, el chico de ojos muy azules, la criatura elegante que –a pesar de los últimos aplazos– seguía siendo un líder entre los alumnos del colegio de elite al que la clase alta porteña y bonaerense mandaba
y manda a sus divinos hijos. No iba a ser tan duro. No podía ser tan duro.

Era enero de 2006 y el mundo gay, hasta el momento, era aquello que los medios tanto gustan reflejar: un universo pop, una lluvia de gibré, un carnaval eterno que una vez al año muestra su patio trasero en una marcha en la que todos gritan que ser gay es un motivo de orgullo.

Las noticias, en esos meses, eran bastante felices. El diario Clarín aseguraba en su revista del domingo, con profusión de especialistas –incluidos también algunos referentes de la comunidad gay– que los adolescentes salían del clóset cada vez mejor y más temprano, que las familias no reaccionaban con tono de tragedia, que en los colegios había menos homofobia, que nadie intentaba normalizar a nadie, que la televisión abundaba en personajes jóvenes y
gays, y que los suicidios, las expulsiones del hogar y las internaciones en psiquiátricos eran excepciones dentro de un mundo que se hacía cada día más amable.

La cantante melódica Valeria Lynch se declaraba ícono gay en la televisión, con una frase memorable: «Es un público incondicional y fiel a morir –argumentaba con gesto epifánico–. Por suerte hay en todas partes del mundo y cada vez hay más, ¡me encantan!». En Hollywood, Ellen DeGeneres, una starlet pionera en reconocer su lesbianismo en público, era evaluada como presentadora de la entrega número 78 de los Premios Oscar. Y la película Secreto en la montaña –una historia de amor entre cowboys– rompía las taquillas y habilitaba un chorro de mensajes esperanzadores: «Este filme ayudó a cambiar el mundo», decía algún optimista de quien todos ya olvidaron el
nombre, «gracias a sus representaciones justas, certeras y globales de la comunidad gay». En el Reino Unido, Elton John llegaba en un Rolls Royce negro a Windsor, se casaba con David Durnish, y era felicitado por el primer ministro Tony Blair. Y en Buenos Aires empezaba la construcción del Axel Buenos Aires, el único hotel cinco estrellas gay de América del Sur, pensado para coronar la tan mentada movida de turismo queer en la ciudad. «Es una capital abierta,
cosmopolita, de un nivel cultural alto e importante como destino turístico», explicaba el empresario español Juan Juliá, quien tiene en Barcelona otro establecimiento del mismo estilo. «Buenos Aires es casi un maravilloso
lugar para ser gay.»

Es cierto. Es casi un maravilloso lugar. En ese maravilloso lugar había un hombre. Pasaba las tardes bebiendo champán en la barra del Bar de Jesús, en Posadas y Rodríguez Peña, pleno barrio de Recoleta. Era un hombre flaco,
pálido y dicen que amable. Era un hombre rico: 50 millones verdes en el banco. Era un hombre solo: ni un amigo público. Y era un hombre oculto: en su familia nadie pronunciaba mucho su nombre. Tampoco lo pronunciaron el 30 de
diciembre de 2005, cuando Luis Emilio Mitre –el hermano de Bartolomé Mitre, el director del diario La Nación– apareció asfixiado en su casa. En ese diario se publicó muy poco del caso, y lo poco que salió fue una suma de datos casi higiénicos, que omitían lo esencial: el sospechoso del crimen era un taxi boy, y la muerte echaba luz sobre la vida culposa y gay de un varón patricio.

Durante los días siguientes se empezaría a saber que Luis Emilio Mitre había tenido, en sus últimos años, una dificultad severa para formar pareja. No es que él no quisiera enamorarse. El verdadero problema era la respuesta
familiar frente a una relación gay que, contra todo prejuicio, tuviera algún viso de estabilidad. Es por eso que ante la promesa de un descalabro en el corazón de su familia, Luis Emilio Mitre habría decidido vivir su sexualidad de un modo subterráneo. Trataba con taxi boys y con amigos fugaces. Y uno de ellos lo mató con la técnica del submarino seco: una bolsa de basura en la cabeza, el nylon hiriente.

La familia de Santos solía aparecer en La Nación. Los emprendimientos agropecuarios de Juan Marcos (p) y Juan Marcos (h) eran mencionados cada tanto, como ejemplo de que las familias pueden llevar adelante un proyecto en común y hacer mucho, muchísimo dinero con eso. Sin embargo, y a pesar de la presencia que tenían en
el diario, el tema del homicidio no se habló en la casa.

En realidad la cuestión gay, en líneas generales, había sido barrida del hogar. Para Santos, ese silencio era una buena señal: no lo iban a echar, y el clima familiar incluso era tolerable. La vida transcurría como si tal cosa –cuatro hermanos, una mucama, un apellido patricio– hasta que dos días más tarde su madre se acercó a Santos con una mueca vaporosa, un gesto casi virginal.

–Santitos, quería decirte que nosotros te vamos a acompañar –lo acarició con la mirada–. Acá estamos: somos tu familia. Incondicionales. Tenés que relajarte, tenés que dejarte contener, nosotros sólo te pedimos que esto quede en la familia –sonrió–. Sólo te pedimos prudencia. Esto es algo muy personal, muy tuyo. Te ruego que no lo hables con nadie, ni con tus amigos, ni con los primos, ni con los tíos, ni con la gente que te conozca. Es cuestión de tiempo.
Vos vas a estar bien, Santitos, esta es una carga que no dura para siempre. Yo conozco un psiquiatra. Con mucho esfuerzo vas a poder curarte.

Después, y por segunda vez, Isabel cerró la boca.

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